11. LA TECNOLOGÍA NECESITA CONCIENCIA, NO ADORACIÓN

 

La historia humana demuestra que cada gran avance ha sido, al mismo tiempo, una oportunidad y una prueba. La tecnología no escapa a esa ley esencial. No es buena ni mala por sí misma: se vuelve valiosa o peligrosa según el nivel de conciencia con el que se utilice.

En las últimas décadas, la tecnología ha pasado de ser una herramienta a convertirse, para muchos, en un objeto de veneración. Se le atribuyen poderes absolutos, soluciones mágicas y una supuesta superioridad moral sobre la experiencia humana. Ese es el punto de quiebre: cuando la admiración se transforma en adoración, la conciencia se debilita.

La inteligencia artificial, en particular, nos confronta con una pregunta profunda:
¿Estamos usando la tecnología para pensar mejor o para dejar de pensar?

La conciencia humana no puede delegarse. Puede apoyarse, ampliarse, enriquecerse, pero nunca sustituirse. Cuando se renuncia al criterio propio, al discernimiento y a la responsabilidad personal, la tecnología deja de ser aliada y se convierte en guía ciega.

La conciencia implica pausa.
La adoración exige sumisión.

Una sociedad consciente usa la tecnología para mejorar la educación, facilitar la comunicación, reducir el sufrimiento y expandir el conocimiento.
Una sociedad que adora la tecnología termina dependiendo de ella incluso para decidir qué sentir, qué creer y qué desear.

El progreso verdadero no se mide por la velocidad de los sistemas, sino por la profundidad del pensamiento que los dirige. La tecnología sin conciencia puede optimizar procesos, pero no puede otorgar sentido. Puede organizar datos, pero no comprender valores. Puede simular inteligencia, pero no vivir sabiduría.

Por eso, el desafío de nuestro tiempo no es técnico, sino humano.
No se trata de crear máquinas más poderosas, sino personas más lúcidas.

Cuando la conciencia lidera, la tecnología sirve.
Cuando la conciencia se ausenta, la tecnología manda.

Y ninguna civilización ha salido fortalecida cuando renunció a pensar por sí misma.

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