3. IA, LA PRISA EL ERROR MÁS ACEPTADO DE NUESTRA ÉPOCA


Vivimos en una época que confunde velocidad con valor. Hacer rápido se volvió sinónimo de hacer bien, y responder de inmediato parece más importante que comprender. La prisa ya no se percibe como un problema, sino como una virtud socialmente aceptada. Sin embargo, pocas actitudes humanas generan tantos errores silenciosos como la prisa.
La prisa altera la forma en que pensamos. Nos empuja a decidir sin evaluar, a hablar sin escuchar y a actuar sin comprender del todo las consecuencias. Bajo su influencia, el juicio se vuelve superficial y la reflexión parece una pérdida de tiempo. No es casual que muchas malas decisiones hayan sido tomadas “por afán”.
Además, la prisa empobrece la experiencia. Cuando todo se hace con urgencia, se vive a medias. Los momentos pierden profundidad, los encuentros se vuelven funcionales y la atención se fragmenta. Se hace mucho, pero se siente poco. La vida se convierte en una sucesión de tareas cumplidas, no de experiencias vividas.
Otro efecto poco visible de la prisa es su impacto en las relaciones humanas. Escuchar con verdadera atención requiere tiempo, y la prisa lo arrebata. Conversaciones interrumpidas, respuestas automáticas y presencias ausentes son síntomas de una cultura acelerada que sacrifica el vínculo por la eficiencia.
La prisa también distorsiona la noción de éxito. Se valora al que llega primero, no al que llega mejor. Se premia la rapidez por encima de la coherencia y se confunde productividad con sentido. Así, se corre mucho, pero no siempre en la dirección correcta.
Paradójicamente, la prisa promete ahorrar tiempo, pero termina robándolo. Genera errores que deben corregirse, decisiones que hay que deshacer y conflictos que pudieron evitarse. El tiempo que no se quiso invertir al principio se paga multiplicado después.
Aceptar la prisa como norma tiene un costo interior. Produce ansiedad, desgaste emocional y una sensación constante de insuficiencia. Nunca es suficiente lo hecho, nunca es suficiente el ritmo. Siempre falta algo, siempre se va tarde. La prisa instala la idea de que la vida es una carrera que nunca se gana.
Frente a esto, desacelerar no es retroceder, es recuperar el control. Elegir un ritmo más humano permite pensar mejor, sentir con mayor claridad y decidir con más responsabilidad. No se trata de eliminar la acción, sino de devolverle sentido.
La verdadera eficiencia no está en hacer más cosas en menos tiempo, sino en hacer lo que corresponde, en el momento adecuado y con plena conciencia. Allí donde la prisa gobierna, el error se normaliza. Allí donde la calma aparece, la claridad regresa.
Quizás el mayor aprendizaje de nuestra época sea reconocer que no todo lo urgente es importante, y que no todo lo rápido es valioso. Resistir la prisa es, hoy, un acto de lucidez y dignidad humana.
Esta frase final encierra una filosofía de vida completa; a partir de ella pueden extraerse enseñanzas profundas, prácticas y muy actuales que se desprenden de esa idea, expresadas con claridad y coherencia con su obra:
Lo urgente suele gritar; lo importante suele hablar bajo: la prisa nos arrastra hacia lo que hace ruido. El tiempo enseña que lo verdaderamente importante no siempre se impone; muchas veces espera ser. Responder rápido no es lo mismo que responder bien  escuchado.
2. La rapidez favorece la reacción, no la comprensión: la lucidez necesita espacio para pensar, y ese espacio solo aparece cuando se desacelera.
3. Resistir la prisa es cuidar la salud interior: la urgencia constante agota la mente y el ánimo. Elegir un ritmo más humano es una forma silenciosa de autocuidado.
4. No todo merece respuesta inmediata: el tiempo enseña que algunas situaciones mejoran cuando no se interviene de inmediato. La espera consciente también es una decisión.
5. La dignidad humana incluye el derecho al propio ritmo: cuando todo se acelera, se pierde la libertad de decidir cómo vivir. Resistir la prisa es reclamar el derecho a un ritmo compatible con la vida real.
6. La prisa empobrece el juicio moral: las decisiones éticas requieren reflexión. La urgencia suele simplificar lo complejo y justificar errores que, con calma, no se aceptarían.
7. Lo valioso necesita tiempo para desplegarse: las relaciones profundas, los aprendizajes duraderos y las convicciones firmes no se construyen con rapidez. Lo esencial crece despacio.
8. La calma devuelve sentido a la acción: cuando se desacelera, cada acto recupera intención. No se hace menos, se hace con más conciencia.
9. Resistir la prisa es una forma de libertad: no dejarse arrastrar por la urgencia externa es elegir conscientemente cómo vivir. Esa elección es un acto de soberanía personal.
10. La lucidez se cultiva en la pausa: la claridad no suele aparecer en medio del apuro, sino cuando se crea espacio para pensar, sentir y decidir con coherencia.
Otras enseñanzas que la calma revela: con el tiempo se aprende que lo urgente no siempre es importante. La urgencia suele gritar y exigir respuesta inmediata, mientras que lo verdaderamente importante habla en voz baja y requiere atención. La prisa, al imponer su ritmo, nos empuja a atender lo que presiona, no necesariamente lo que tiene sentido.
La rapidez favorece la reacción, pero rara vez la comprensión. Muchas respuestas inmediatas carecen de profundidad y generan errores que podrían haberse evitado con un breve espacio de reflexión. La lucidez necesita pausa; sin ella, el pensamiento se vuelve superficial.
Resistir la prisa también es una forma de cuidar la salud interior. La urgencia constante desgasta la mente, altera las emociones y produce una sensación permanente de insuficiencia. Elegir un ritmo más humano no es debilidad, es autocuidado consciente.
El tiempo enseña que no todo merece respuesta inmediata. Hay situaciones que se aclaran solas, decisiones que mejoran con espera y conflictos que se evitan cuando no se actúa desde el apuro. Saber esperar es una expresión de sabiduría práctica.
La dignidad humana incluye el derecho al propio ritmo. Cuando la velocidad se impone como norma, se pierde libertad. Resistir la prisa es recuperar la capacidad de decidir cómo vivir, pensar y actuar.
Además, la prisa empobrece el juicio moral. Las decisiones éticas requieren reflexión, y la urgencia suele justificar atajos que luego pesan en la conciencia. La calma, en cambio, permite actuar con coherencia.
Lo verdaderamente valioso necesita tiempo para desplegarse. Las relaciones profundas, los aprendizajes duraderos y las convicciones firmes no se construyen con rapidez. Crecen despacio, pero permanecen.
Así, resistir la prisa se revela como algo más que una elección práctica: es un acto de lucidez y dignidad humana, una manera consciente de habitar el tiempo sin dejar que el tiempo nos arrastre.

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