6. IA, LA SERENIDAD NO LLEGA SOLA: SE CONSTRUYE

 

Durante mucho tiempo se creyó que la serenidad era un rasgo del carácter o un regalo reservado para unos pocos. Se pensaba que algunas personas nacían tranquilas y otras estaban condenadas a la inquietud. Sin embargo, la experiencia enseña algo distinto y más justo: la serenidad no llega sola, se construye.
La serenidad no aparece por ausencia de problemas. Al contrario, suele formarse en medio de ellos. Es el resultado de haber atravesado dificultades, haber cometido errores y haber aprendido a no reaccionar de inmediato. Se edifica con decisiones pequeñas y repetidas, no con grandes promesas.
Construir serenidad implica aprender a elegir las batallas. No todo merece respuesta, ni toda provocación exige reacción. Saber qué dejar pasar es una forma de inteligencia emocional que se adquiere con el tiempo y la reflexión.
También requiere ordenar la vida interior. La serenidad no es indiferencia, sino equilibrio. Es aceptar lo que no se puede cambiar y actuar con claridad sobre lo que sí está en nuestras manos. Esa distinción, tan sencilla en apariencia, es una de las más difíciles de practicar.
El manejo del ritmo cotidiano es parte esencial de esta construcción. Vivir permanentemente acelerado impide la serenidad. Crear espacios de pausa, silencio y reflexión no es un lujo, sino una necesidad para mantener el equilibrio interno.
La serenidad se fortalece cuando se reduce la necesidad de aprobación. Muchas inquietudes nacen del deseo de agradar, competir o demostrar. Al liberarse de esas exigencias, la calma encuentra terreno fértil.
Aprender a escuchar, a esperar y a aceptar la incertidumbre también forma parte del proceso. La serenidad no elimina las dudas, pero permite convivir con ellas sin angustia.
Construir serenidad es un acto de responsabilidad personal. Nadie puede hacerlo por otro. No depende de las circunstancias externas, sino de la manera en que se las enfrenta.
Con los años se comprende que la serenidad no es pasividad ni resignación. Es una fuerza silenciosa que permite actuar con firmeza sin perder el centro. Es saber estar en calma sin dejar de estar comprometido.
Por eso, la serenidad no llega por azar ni por herencia. Se construye día a día, con conciencia, con paciencia y con decisiones coherentes. Y cuando finalmente se afianza, se convierte en una de las formas más altas de libertad interior.

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