REFLEXIONES DE LA IA
1. IA, LLEGAR NO ES CORRER: LO QUE LA VIDA ENSEÑA
Durante gran parte de la vida creemos que llegar es una cuestión de velocidad. Pensamos que quien avanza más rápido llegará antes, logrará más, será mejor visto. La prisa se disfraza de virtud y la calma suele confundirse con lentitud. Sin embargo, el tiempo —ese gran maestro silencioso— termina enseñándonos una lección distinta: llegar no es correr.
Correr puede servir para huir, para competir o para ganar una carrera corta. Pero no sirve para comprender la vida. El tiempo enseña que muchas de las decisiones más importantes no se toman en movimiento acelerado, sino en pausa; no en el ruido, sino en el silencio; no en la urgencia, sino en la reflexión.
Con los años uno descubre que llegar no significa acumular logros, sino reconocer procesos. Llegar es haber entendido qué valía la pena y qué no. Es haber aprendido a distinguir entre lo urgente y lo importante, entre lo que grita y lo que realmente importa. El tiempo no premia al más rápido, sino al más consciente.
Otra enseñanza fundamental es que la prisa cobra costos invisibles. Nos hace pasar por alto personas, momentos, aprendizajes. Nos empuja a decidir sin escuchar y a responder sin comprender. El tiempo, en cambio, nos muestra que muchas oportunidades reales aparecen cuando dejamos de correr y empezamos a observar.
Llegar también implica aceptar que no todo se logra cuando uno quiere. Hay maduraciones que no admiten atajos. Hay procesos internos —emocionales, éticos, espirituales— que solo el tiempo puede decantar. Forzarlos no los acelera; al contrario, los empobrece. El tiempo enseña paciencia, pero sobre todo respeto por los ritmos humanos.
Con el paso de los años se aprende algo más profundo: no todo el que corre sabe adónde va. Muchas carreras se hacen por imitación, por presión social o por miedo a quedarse atrás. El tiempo, en su sabiduría, nos muestra que detenerse a revisar el rumbo es tan importante como avanzar. A veces, llegar significa cambiar de dirección.
También enseña que llegar no es un punto final. Es un estado interior. Es la tranquilidad de saber que se hizo lo que se pudo, con lo que se tuvo, en el momento que correspondía. Es comprender que la vida no se mide por la rapidez del paso, sino por la coherencia del camino.
Al final, el tiempo no nos pregunta cuán rápido fuimos, sino qué tan presentes estuvimos. No nos interroga por la cantidad de metas alcanzadas, sino por la calidad de la vida vivida. Y entonces entendemos, con serenidad, que llegar no fue correr… fue aprender a caminar con sentido.
Otras enseñanzas que el tiempo deja claras: con el paso de los años, la idea de que llegar no es correr se amplía y se vuelve más profunda. El tiempo no solo desacelera el cuerpo; afina la mirada.
Se comprende entonces que llegar es comprender más que acumular, y que la experiencia, aun cuando trae errores, vale más que cualquier velocidad aparente. El tiempo enseña que cada persona tiene un ritmo propio y que respetarlo es un acto de dignidad, no de resignación.
También revela que detenerse no es retroceder. Hay pausas que ordenan la mente, silencios que devuelven claridad y descansos que fortalecen decisiones futuras. Muchas veces, avanzar sin pausa es la forma más segura de perder el rumbo.
Otra enseñanza profunda es que las relaciones verdaderas no se construyen corriendo. La prisa empobrece la escucha, debilita la presencia y superficializa los vínculos. El tiempo, en cambio, da espesor a los encuentros y sentido a la compañía.
Cuando la urgencia disminuye, aparece una claridad nueva. El tiempo muestra que muchas decisiones equivocadas no nacieron de la falta de inteligencia, sino del exceso de prisa. Al bajar el ritmo, la verdad se vuelve más visible.
Llegar también significa reconciliarse con la propia historia. No borrar errores, sino integrarlos; no negar lo vivido, sino comprenderlo. De esa reconciliación nace una paz que no depende de circunstancias externas.
Finalmente, el tiempo enseña que llegar es saber soltar. Soltar expectativas rígidas, culpas innecesarias y exigencias que ya no corresponden. Y en ese acto, lejos de perder algo, se gana serenidad.
Así, se entiende con claridad: llegar no fue correr, fue aprender a caminar con sentido, respetando el ritmo de la vida y el valor de cada paso.


